miércoles, 9 de agosto de 2017

Noventa y Ocho: Pastelero a tus Pasteles

Nos hemos puesto soberbios. ¿Será la época que vivimos, será el contexto en que crecimos? ¿Será que el acceso a tanta información, todo el tiempo, nos hace creer que somos algo que no somos?
Lo cierto es que los papás de hoy nos ufanamos de saber mucho sobre todo. Y en la práctica, sabemos muy poco, y apenas sobre cosas contadas con los dedos de las manos. Aprendemos, sin duda, de manera vertiginosa, pero estamos lejos de ser capaces de dar lecciones, o convertirnos en guías para otros padres.

En lo cotidiano, no somos conscientes de nuestras incompetencias. Y más aún, estamos invadiendo el terreno de quienes saben, se dedican profesionalmente a una actividad y lo llevan haciendo por mucho tiempo. Como los profesores.

¿Qué pasó desde que éramos nosotros los alumnos, y el espacio educativo era respetado y observado con admiración por nuestros padres? ¿Por qué creemos que podemos influir o interferir con lo que ocurre en los salones de clases en que están nuestros hijos?

No se trata de un fenómeno nuevo, sino la confirmación de algo que ya se venía atisbando en los últimos años. Hoy lo que estamos viviendo es una crisis (siempre pensando en ese concepto como una posibilidad de cambio), de la que ni una parte, ni la otra, nos hemos hecho cargo de manera plena.

La película que vieron; la manera en que se han tratado ciertos temas; las dinámicas para el aprendizaje: todo es susceptible de cuestionamiento por parte de los padres y/o apoderados, a través de grupos de Whatsapp en los que cada vez se resuelve menos lo urgente, y se abordan mucho más temas vinculados a los contenidos y la docencia misma. Y son grupos en los que, a veces, han logrado incluir al (la) profesor (a).

¿Dónde está el límite de ambos mundos? No existe uno que esté rigurosamente señalado. Más bien son las mismas personas las que vamos acordando una manera de relacionarnos, para beneficio mutuo. Es esa dinámica social la que hace crisis hoy, al reconocer la incomodidad de los maestros en un rol cada vez más “fiscalizado” y menos valorado; y por otro lado, padres desatados, creyendo que “estar cerca de los niños” significa meterle presión a los profesores por las vías disponibles, de manera que no se les exija demasiado; que se les enseñe de una forma o se les evalúe de otra.

En Chile, gran síntoma de aquello fue el desaparecido movimiento “La Tarea es Sin Tareas”, que bajo eslóganes que apuntaban a una preocupación por el tiempo libre de los niños, lograron instalar un tema en la opinión pública, con escaso sustento académico real, más allá de la experiencia de países del primer mundo. Pasado el boom, y logrado el objetivo en la comuna de Las Condes, dicho grupo de padres archivó su motivación, su nombre y su energía, para volver a lo propio.

Sigo esperando que, como padres, nos miremos al espejo de manera crítica, reconozcamos los errores cometidos hasta acá y nos pongamos manos a la obra en lo que debiese ser nuestro rol natural, como apoyo a la labor abnegada y única que realizan los docentes, para los aprendizajes de nuestras criaturas.


Sigo esperando que un grupo de padres se una bajo causas del tipo “¿Cómo le ayudo, profe?”; “Por la educación de nuestros hijos”; “Llegamos temprano a casa, para crecer junto a nuestros niños”, y otras tantas en las que nosotros debemos asumir el protagonismo. ¿De veras nos cuesta tanto?

jueves, 25 de mayo de 2017

Noventa y Siete: Ocho Años que ya son Eternos

Cuando comencé a escribir este blog, mi hijo tenía dos años. Y con la Andrea vivíamos de manera frenética, por los cambios que había significado su llegada. Bellos momentos son ahora en nuestra memoria, y han sido reemplazados por otros instantes cotidianos, también cargados de significado y de belleza, pero en un sentido bastante más reflexivo y menos intenso, o vertiginoso.

No hay edades más simpáticas o más inolvidables, como para poder clasificar la infancia de nuestros hijos. Todas las etapas representan desafíos y entregan recompensas intangibles que, como padres, sabemos guardar siempre en algún lugar de nuestro corazón (tiene más Gigas de lo que podríamos imaginar).

En 8 años no me he vuelto más sabio, pero sí menos incompetente, aunque a veces tenga que lidiar con mi torpeza intrínseca. Me sigo equivocando como papá y esposo, pero todavía cuento con almas que saben y son capaces de perdonar mis caídas. No voy por la vida dando lecciones, pero sí contando historias, cuando hay personas de confianza que me piden compartirlas.

Siento que soy padre y me llena el alma ser consciente de esa felicidad cada mañana y en ese minuto antes de cerrar los ojos para dormir –de manera automática, a estas alturas de la vida- pero también siento que sigo siendo hijo y me hace feliz tener a mis padres aún cerca de mí, como para nutrirme de su experiencia y, sobre todo, de su cariño.

Son 8 años de paternidad que, gracias al cielo, he recorrido de la mano junto a una mujer excepcional, que agradezco nunca haya sido mi amiga, sino siempre una compañera con la libertad para cuestionar permanentemente todo; como para no estar de acuerdo conmigo; como para tomar decisiones por su propia cuenta, cuando fuese necesario, en virtud de la confianza que tenemos.

Por estos días veo a Darío con ojos diferentes. Hemos estado más cerca que siempre, según mi percepción, en cuanto a compartir cosas, conversar, darnos tiempo para nosotros. Y hay un par de momentos de la jornada en que no puedo evitar abrazarlo, con ganas de retener esos segundos para siempre: en la mañana, cuando lo dejo en la escuela y corre por el pasillo hasta su sala…y en la noche, cuando se lava los dientes, se pone el pijama y alcanzamos a leer la parte del libro en que estamos avanzando…


Dice un amigo al que quiero harto, “uno es feliz con tan poco”…y creo que tiene razón, pero no en lo literal de la frase, sino en la segunda lectura de la misma: tenemos a mano la posibilidad cierta de disfrutar y reír por aquellas certezas diarias que nos brindan los afectos…y olvidarnos por un buen rato de los inconvenientes aburridos, que a veces nos torturan, y que solemos llamar quién sabe por qué razón, “problemas”… 

martes, 2 de mayo de 2017

Noventa y Seis: Nunca Olvidaré este Día

Un estupendo profesor, no hace mucho, me mostró la fuerza que tiene la emoción para el recuerdo. En la práctica, lo que nos transmitió a mí y mis compañeros de taller, es algo muy sencillo, que hoy comparto también con mis alumnos: para comunicar de manera efectiva, hay que emocionar a nuestro público.

Funciona para cualquier tipo de transmisión de mensaje y basta con hurgar dentro de nuestra propia memoria, para comprender lo bien que funciona. Todos, por ejemplo, recordamos a cabalidad el día en que nos graduamos de la escuela, pero ni de casualidad tenemos registro del día anterior a ése, o el posterior. Fueron jornadas sin razones para dejar huella, días como muchos otros, que hoy yacen perdidos en algún rincón de nuestro cerebro.

Como papás, una de nuestras misiones principales es emocionar, ¡qué duda cabe! Y por más difícil que se vaya poniendo ese desafío con el correr de los años, seguimos siendo sus principales responsables. Para quienes guardamos nuestra infancia como un tesoro, especialmente, esto es una premisa de vida, pues queremos que los niños vivan y superen nuestros recuerdos. Queremos que esas imágenes les acompañen para siempre.

Cada cierto tiempo, al acostarse, Darío cierra su día con una frase que me permite asegurar que lo realizado estuvo a la altura de las circunstancias. Me mira muy seriamente, y me dice: “Papi, nunca olvidaré este día”. Yo le digo que eso me hace muy feliz, lo arropo, y me llevo a mi cama esa sensación inigualable que entregan las palabras de agradecimiento de un niño, por teñir de magia uno de sus días.


He ahí el mejor combustible para las nuevas ideas parentales; para los esfuerzos adicionales; para incorporar nuevos criterios de priorización en nuestras –a veces- aburridas vidas de adultos. ¡Qué mejor recompensa que haber construido un recuerdo nuevo, en el cerebro de nuestros hijos! ¿Hay un producto más noble que la memoria, tesoro intangible, misterioso y cálido, que nos acompaña toda la vida, y nos acoge en los momentos más difíciles?

miércoles, 22 de marzo de 2017

Noventa y Cinco: Padres y Apoderados

A cierta edad, cuando descubrimos diferencias notorias entre lo que pensamos y lo que piensan los demás, vamos estableciendo afinidades y cercanías mucho más profundas con las personas. Nos damos cuenta también de que existen ciertos círculos de relación en que estamos imposibilitados de elegir con quienes nos vinculamos, como pueden ser la universidad, el trabajo y, especialmente, al interior de la familia.

En la elección de nuestras acciones y reuniones con otros, va apareciendo un juicio a veces inconsciente, respecto de aquellos con quienes mejor nos sentimos. Y quienes más creemos que aportan a nuestra sensación de felicidad.

Durante la infancia, y hasta bien entrada la pubertad, ese tipo de juicios no existen. Ni menos, existen los prejuicios respecto de los otros. Eso hace que los niños vivan de manera genuina y completa la alegría de compartir con personas que puede que algún día sean completamente diferentes, en todo ámbito de cosas. Son capaces de adaptarse con tal facilidad que sus “amigos de juego” varían de uno a u otro día, sin que exista percepción alguna de traición o de fidelidad.

Para los papás que tenemos a un hijo en edad escolar, aparece para quedarse un nuevo círculo de personas que nos acompañarán un buen rato en la vida. Esas personas que acá en Chile llamamos “Padres y apoderados”, y que son nuestros pares conformando un colectivo complementario en la educación de los niños, el cual se suma a Profesores, Directivos, Funcionarios y Alumnos del establecimiento que hemos elegido.

¿Cuál es nuestro papel en las interacciones que se generan junto a los otros padres del curso? ¿Es esta relación una “obligación”, más que una “oportunidad”, para muchos de nosotros? Estamos en una edad compleja, hemos definido una manera de ver el mundo más o menos estable y relacionarnos exitosamente con gente nueva representa un desafío mayor.

En encuentros de padres, hasta acá, me ha tocado ver de todo: personas que toman palco sobre lo que pasa; personas que buscan espacios de participación activa; personas que van al choque porque tienen la tendencia a imponer ideas; personas que durante todo un año, prefieren abstenerse de dar una opinión. Todas las actitudes son legítimas, por cierto, aunque unas más que otras, redundan en consecuencias positivas para nuestros niños.

Podemos ser actores relevantes del aprendizaje de los pequeños, si encontramos el lugar correcto para aportar con nuestras experticias. Y si entendemos que las diferencias son parte de la vida, así como también lo es la adaptación a los contextos. Nos irá bien, de seguro, si comprendemos que nuestras ideas son buenas, aunque no sean las mejores; que no vamos a una reunión de padres a convencer a los demás, sino a establecer acuerdos; que dentro del círculo de pares, es altamente posible que encontremos personas con mucha afinidad, con quienes podamos compartir nuevas y enriquecedoras experiencias en 12 años de escolaridad.

Esta columna no pretende dar una lección, sino extender una invitación. Podemos ser felices en un ambiente en que no todos nos van a “gustar” como personas; pero en donde todos, sin excepción, perseguimos un bien común, que se trasunta en la alegría y los logros de nuestros niños. Estamos para ser catalizadores, no para ser obstáculos, y es bueno recordarlo cuando llegue el milésimo mensaje de un grupo de Whatsapp que un padre del curso abrió para compartir información relevante, poniendo a prueba nuestra paciencia…








miércoles, 18 de enero de 2017

Noventa y Cuatro: ¿Mejores Personas o Mejores Puntajes?

Cada “Prueba de Selección a la Universidad”, implica la reactivación en Chile de un debate camino a ser permanente, respecto a la calidad de la educación que se está entregando a los niños en las escuelas de nuestro país. Y es que un grueso de la población –incluyendo a varios declarados expertos- asume que los resultados obtenidos en dicho examen hablan exactamente sobre dicha “calidad”, aunque en la práctica, la relación entre ambos esté lejos de ser directa.

¿Es el colegio con mejor promedio en una prueba de selección, el “mejor colegio”? Pues, claramente, no. Ese juicio depende, necesariamente, de aquello que como observadores estemos considerando para el análisis.
Si nos preocupa primordialmente el futuro ingreso de nuestros hijos a la universidad, muy lógicamente nos interesará saber cómo le ha ido durante los últimos años en ese ámbito  al colegio que estamos eligiendo. La pregunta que no nos estamos haciendo durante ese proceso -consciente o inconscientemente- es si el acceso a la educación superior es lo "único" que nos interesa.

¿Es tan trascendental el asegurar el acceso a la universidad, como para perder de vista todo aquello que conlleva la educación de nuestros hijos?  En 12 años de asistir regularmente a la escuela, tenemos miles de oportunidades para:

- Abordar nuestro comportamiento ético.
- Perfeccionar la manera en que nos relacionamos con los demás.
- Desarrollar nuestra capacidad para resolver inconvenientes (me niego a usar la palabra "problema" a priori).
- Aprender a "inventar" y volvernos voluntariamente creativos.
- Conocer nuestro contexto socio cultural y describirlo de manera crítica y propositiva.
- Etc, etc, etc

En 12 años de escolaridad, ¡nos vamos volviendo PERSONAS! Y si dedicamos el tiempo y la actitud necesarios, es muy probable que integremos algún día ese grupo que llamamos BUENAS PERSONAS, a quienes todavía reconocemos en nuestro diario vivir, como individuos valorables y dignos de nuestra amistad, aun cuando no se los digamos todo el tiempo.

¿De verdad será tan bueno reducir esos 12 maravillosos años de descubrimiento, al resultado promedio de una Prueba de Selección? ¿En qué momento perdimos de vista todo aquello que no es un número, pero aportó a lo que somos?

Incluso concediendo esa máxima del "si no se puede medir, no se puede mejorar", habría posibilidades de medir, cualitativamente, todo aquello que señalo más arriba. El SIMCE lo hace de manera superficial, pero no hay padres que pregunten por ello, en la práctica...

Personalmente, creo que diversos factores (que ya profundizaré en otra columna), nos han llevado a poner la carreta delante de los bueyes; a considerar un puntaje como un objetivo intransable y a reducir con ello, las posibilidades de crecimiento emocional de nuestros hijos. ¿En qué momento cambiaremos ese rumbo? Por el momento, mi esperanza está en abrir el debate.